Eran las 11:47 de la noche cuando mi teléfono vibró.
Número desconocido. Lo ignoré.
Vibró de nuevo. Lo ignoré otra vez. A la tercera llamada lo contesté, más por fastidio que por curiosidad.
—¿Bueno?
Silencio. Después, una respiración. Lenta, como de alguien que lleva mucho tiempo sin moverse.
—Perdón —dijo la voz al fin. Era una mujer. Sonaba cansada, casi susurrando—. Marqué mal.
—No hay problema —dije, y colgué.
Me quedé dormido con el teléfono en la mano.
// Segunda noche — 1:12 a.m.
Llamó de nuevo.
—Perdón —dijo otra vez la misma voz—. Marqué mal.
—Está bien —dije. Y colgué.
Pero algo me molestó mientras intentaba dormir. Algo pequeño, casi invisible. El tono de su voz no era el de alguien que se equivoca. Era el tono de alguien que repite algo de memoria.
// Tercera noche
No esperé a que hablara.
—¿Quién busca? —pregunté en cuanto contesté.
Pausa larga.
—A mi hijo —dijo.
El frío que sentí no fue de miedo. Fue de reconocimiento. Como cuando recuerdas algo que creías olvidado.
—Señora, se equivocó de número.
—Lo sé —respondió—. Pero igual contesta.
Colgué. Me senté en la oscuridad un buen rato. Luego busqué en mi teléfono las tres llamadas.
No había registro de ninguna.// Cuarta noche — teléfono grabando
Cuando sonó, contesté sin decir nada. Ella tampoco dijo nada por un momento. Después:
—Esta noche no te vayas por la autopista.
Y colgó.
Tenía que ir al aeropuerto. La ruta normal era la autopista norte, cuarenta minutos. Tomé el camino viejo por puro nerviosismo, el que bordea el cerro, el que nadie usa ya. Llegué en una hora y diez minutos, malhumorado conmigo mismo por haberle hecho caso a una voz anónima.
En el aeropuerto vi la noticia en los monitores. Accidente en la autopista norte. Choque múltiple. Tres muertos. Había ocurrido exactamente en el tramo que yo habría cruzado a esa hora.
Fui al baño. Estuve un rato con las manos apoyadas en el lavamanos, mirándome al espejo, sin pensar en nada concreto.
Cuando volví a mi asiento busqué la grabación en el teléfono. El audio era de diecisiete minutos. Recordé que la llamada había durado menos de treinta segundos.
Abrí el archivo.
Los primeros veintinueve segundos eran la llamada. Su voz, su advertencia, el silencio.
Lo que seguía eran dieciséis minutos con treinta y un segundos de algo que tardé en identificar.
Era yo. Durmiendo. En mi cuarto. Horas antes de salir.El teléfono había estado sobre mi escritorio, al otro lado del apartamento.
// Días cinco, seis, siete — silencio
No llamó.
Al octavo día encontré entre mis contactos un número que no había guardado yo. Sin nombre. Solo el número. Lo reconocí. Era el de las llamadas. Lo marqué.
Contestó alguien. Un hombre, viejo, la voz rota de quien no duerme hace tiempo.
—¿Bueno? —dijo.
—Busco a la señora que llama desde este número —dije.
Silencio largo. Después:
—Mi esposa murió hace tres años —dijo el hombre—. Este era su teléfono. Lo guardo porque a veces... —se interrumpió—. A veces siento que todavía lo usa.
No supe qué decir. Él tampoco. Estuvimos en silencio un momento que no sé cuánto duró.
—¿Cómo se llamaba? —pregunté al fin.
—Elena —dijo.
Colgué despacio.
Me quedé mirando la pantalla apagada del teléfono, y pensé en todo lo que no entiendo sobre este mundo, y en lo poco que me importó no entenderlo.
Porque Elena, quienquiera que fuera Elena, me había salvado la vida.
Y yo ni siquiera sabía a quién estaba buscando realmente cuando marcaba ese número todas las noches.
A lo mejor tampoco era a su hijo.
A lo mejor era a alguien como yo: alguien que todavía no sabe que necesita que lo cuiden.
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